Escuchad el eco de los siglos, donde la memoria de los hombres se difumina como la niebla sobre un sepulcro olvidado. Así como el divino Homero, en sus cantos de bronce y sangre, narró la cólera de Aquiles bajo los muros de Ilión o el errante y sombrío destino de Odiseo en el mar violáceo, hoy me veo compelido a relatar una crónica de dioses caprichosos y hombres condenados a la tragedia.
Fijad vuestra mirada en los anales del año del Señor de 1981, cuando una sombría y titánica visión cobró vida bajo el firmamento cinematográfico británico-estadounidense, dirigida por la mano espectral de Desmond Davis.
Aquel lienzo de sombras y luces, titulado con el ominoso nombre de Furia de titanes (Clash of the Titans), no es sino una evocación de los mitos más oscuros de la antigüedad:
La Tragedia de Perseo
El Héroe Condenado:
La obra desentierra el mito del desventurado Perseo, un alma arrojada a los abismos del destino por el capricho de los inmortales del Olimpo.
La Mirada de la Bestia:
Se nos narra, con una atmósfera de opresivo terror, su descenso a los dominios de lo grotesco para batirse en duelo contra Medusa, aquella criatura cuya mirada convierte la carne viva en piedra imperecedera y fría.
El Sacrificio de la Inocencia:
Todo ello, en un intento desesperado por arrebatar de las fauces de la destrucción a la agónica ciudad de Jopa, y de librar de las garras de la muerte misma a la pálida y encadenada princesa Andrómeda.
"¡Oh, musa! Cuéntame el tormento de los hombres cuando los dioses juegan con sus almas, como si fuesen hojas secas arrastradas por el viento de un otoño eterno."












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