Aquella que fue llamada Diana, la princesa de la oculta Themyscira, camina entre los mortales poseedora de una gracia sombría y excelsa: tan bella como la mítica Afrodita, sabia con el rigor de Atenea, más veloz que el alado Hermes y dotada de una fuerza que rivaliza con la del mismísimo Hércules. Es ella quien ha descendido al convulso mundo de los hombres, arrastrada por un anhelo febril de paz. Bajo el nombre de Wonder Woman, ha permanecido durante casi ochenta años como un faro inmutable; un símbolo viviente de la verdad, la justicia y la esquiva igualdad para las almas de todo el globo.
Criada en los confines de aquella isla sepultada por la niebla y el misterio, la Isla Paraíso, Diana no es sino una amazona engendrada en los ecos de las leyendas helénicas, un don supremo entregado por su estirpe a una humanidad doliente.
Ella es quien encarna la quimérica promesa de una existencia despojada de guerra, de odios y de violencia; un faro de esperanza que destella para los desdichados que habitan en las tinieblas del desespero. Así, se yergue majestuosa e igual entre los titanes más poderosos de la Tierra, con el inquebrantable y casi fúnebre propósito de salvaguardar al mundo de la injusticia en cualquiera de sus pálidas formas.
Sin embargo, el destino de Diana dista de ser una empresa apacible; es, por el contrario, un tormento constante. Su espíritu se halla perpetuamente desgarrado entre la sagrada misión de sembrar la concordia y la cruenta necesidad de combatir la barbarie que infesta su nuevo asilo. Cada aurora, en un esfuerzo titánico y melancólico, Diana lucha por hallar el perfecto equilibrio entre la implacable furia de su sangre guerrera y la infinita, casi divina, compasión que anida en su pecho.




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